Radical Women: Una exposición que reescribió el lugar de las mujeres en el arte latinoamericano

Tras pasar el 8 de marzo, fecha en la que las ciudades son tomadas por mujeres que protestan, exigen y ocupan el espacio público, a lucha feminista permanece como una urgencia del presente. A pesar de los años de lucha —y de logros contundentes como la despenalización del aborto y la Ley Olimpia, entre otros—, resulta pertinente volver la mirada atrás y observar cómo se han construido estos pasos, no solo desde la movilización social, sino también desde otros ámbitos, como el arte.

En 2017, bajo la curaduría de Andrea Giunta y Cecilia Fajardo-Hill, se llevó a cabo en el Hammer Museum la exposición Radical Women: Latin American Art, 1960–1985 (Mujeres radicales: arte latinoamericano, 1960–1985). A partir de la recuperación de un vacío en la historiografía del arte —tanto por cuestiones de género como geográficas—, la muestra reunió el trabajo de 116 artistas radicadas en América Latina y chicanas. Quince países estuvieron representados y se presentaron más de 260 obras que abarcan desde pintura, escultura y fotografía hasta prácticas más experimentales como instalación, video y performance.

La exposición se construye a partir de la noción del cuerpo político, entendido en la temporalidad que abarca la muestra —las décadas de 1960 y 1970 y los primeros años de 1980— muchas de las artistas vivían bajo regímenes autoritarios o dictaduras en distintos países de América Latina. En este sentido, el cuerpo aparece como reflejo, indicio y síntoma de esas condiciones. Esta perspectiva se articula a través de distintos ejes temáticos: el autorretrato, la relación entre cuerpo y paisaje, el cuerpo cartografiado, lo erótico, el poder de las palabras, el cuerpo actuando, miedo y resistencia, feminismos y el lugar social.

En este contexto, el cuerpo se incorpora a la práctica artística no solo como herramienta de producción, sino también como espacio de significación. A través de él, las artistas no solo cuestionan los modos tradicionales de representación, sino que también evocan y denuncian la violencia infligida a ciertos cuerpos en contextos políticos, sociales y culturales específicos. De esta manera, el cuerpo se convierte en un espacio desde el cual es posible articular miradas personales, pero profundamente politizadas y arraigadas en la realidad latinoamericana.

Las obras que conformaron la muestra incluyeron artistas como Maris Bustamante, Mónica Mayer, Lygia Clark, Ana Mendieta y Judy Baca, así como otras artistas menos reconocidas dentro de la historiografía del arte. Aunque no todas las participantes consideraban su práctica explícitamente feminista para ese entonces, muchas de sus obras estaban atravesadas por problemáticas relacionadas con el género y la representación. Como señala Giunta: “Estos temas reúnen obras de arte a través de fronteras nacionales y geográficas, exhibiendo prácticas paralelas de artistas que frecuentemente trabajan en condiciones culturales muy diferentes”.[1] De este modo, la selección de obras y artistas —aun cuando responden a contextos distintos y están atravesadas por diversas formas de violencia— se presenta en la exposición como síntomas, término empleado por Giunta para referirse a aquellas prácticas que revelan tensiones vinculadas que impactaron la región durante esas décadas, sin pretender homogeneizar las experiencias particulares de cada artista o territorio.

 

Otro elemento importante a destacar es que, además de recuperar la obra de mujeres artistas históricamente invisibilizadas, la exposición colocó el cuerpo en el centro de la reflexión. Esto resulta significativo si se considera que, a lo largo de la tradición occidental, el pensamiento moderno estableció una jerarquía entre mente y cuerpo, privilegiando lo intelectual por encima de lo material y lo sensible. Esta separación, que puede rastrearse desde el pensamiento de René Descartes, también tuvo efectos en la historia del arte, donde el valor de la obra se asoció frecuentemente con la dimensión conceptual antes que con la experiencia corporal. Frente a ello, muchas de las artistas presentes en la exposición sitúan el cuerpo como lugar de conocimiento, memoria y acción política. Al hacerlo, no solo cuestionan las formas tradicionales de representación, sino que también restituyen al cuerpo su papel central dentro de la práctica artística.

Asimismo, si se considera la coyuntura histórica que atraviesa la exposición —marcada por dictaduras, represión política y múltiples formas de violencia—, el énfasis en el cuerpo adquiere una dimensión aún más significativa. En sociedades donde los cuerpos fueron perseguidos, disciplinados, desaparecidos o asesinados, hacer visible el cuerpo, hablar de él y representarlo se vuelve un gesto profundamente político.

 

La exposición no se limitó al espacio museístico. A partir de su itinerancia por instituciones como el Brooklyn Museum y la Pinacoteca de São Paulo, así como mediante la publicación del catálogo académico desarrollado junto con la Editorial Prestel, el proyecto amplió su alcance dentro de la investigación y la difusión del arte latinoamericano. La participación de investigadoras y especialistas como Julia Antivilo, Karen Cordero Reiman y Carla Stellweg contribuyó además a consolidar un campo de estudio que durante mucho tiempo permaneció al margen de la historiografía dominante.

El programa público incorporó diversas actividades, como la proyección de películas y documentales de artistas como Lourdes Portillo, Sarah Minter y Renée Tajima-Peña. También se reactivaron obras como El tendedero, de Mónica Mayer o las Biscoito Arte, de Regina Silveira, así como performances y mesas de discusión en torno a ¿qué significa ser una artista radical? En conjunto, estas actividades configuraron no solo un espacio de reflexión estética, sino también un espacio crítico desde el cual pensar colectivamente estas problemáticas.

 

De este modo Radical Women: Latin American Art, 1960–1985 recupera la producción de artistas que habían sido desplazadas de los relatos oficiales y además propone otra forma de narrar la historia del arte en la región. Al situar el cuerpo como eje central y reunir prácticas desarrolladas en distintos contextos geográficos y políticos, la exposición permite leer estas obras como síntomas de su tiempo.

Volver hoy a estas prácticas, después de otro 8 de marzo, permite reconocer que muchas de las preguntas que estas artistas formularon hace más de medio siglo siguen mantienen su vigencia y urgencia. Revisar estas obras no implica únicamente un ejercicio de recuperación histórica, sino también reconocer cómo el arte puede contribuir a producir pensamiento colectivo, transformar las formas de representación y disputar la construcción de la memoria, abriendo así la posibilidad de releer la historia del arte desde otras experiencias y desde la diversidad de cuerpos.Ivette Ortiz.

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Bibliografía

—Del, P. P. I. el 28 de S. (s/f). COMUNICADO DE PRENSA. Ucla.edu. Recuperado el 9 de marzo de 2026, de https://hammer.ucla.edu/sites/default/files/migrated-assets/media/Press_Releases/2017/Hammer_Radical_Women_Spanish.pdf

—Hammer museum. (s/f). Ucla.edu. Recuperado el 9 de marzo de 2026, de https://hammer.ucla.edu/radical-women/programs

—Hammer Museum [@HammerMuseumLosAngeles]. (2017, septiembre 19). El cuerpo político: Panel II: Nuevos temas, nuevos cuerpos: el/un giro iconográfico [[Object Object]]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=I2V7jhVg-gA

[1] Del, P. P. I. el 28 de S. (s/f). COMUNICADO DE PRENSA. Ucla.edu. Recuperado el 9 de marzo de 2026, de https://hammer.ucla.edu/sites/default/files/migrated-assets/media/Press_Releases/2017/Hammer_Radical_Women_Spanish.pdf