Re-inventar América.
Hay libros que cuestan ser comentados, algunos por lo malo que son, otros, por lo bueno. Al leer América me encontré con una experiencia así, de las difíciles; esta, sin embargo, porque su propuesta, lejos de una amabilidad común, propone un ejercicio desafiante, desbordante, marcado, no por la unidad, sino por la diversidad, haciendo que su lectura, y por efecto, este comentario, se alejaran de lo convencional para alojarse en una práctica escritural fragmentaria. Son doce las propuestas que conforman esta articulación colectiva: no se trata de escritores profesionales, sino de artistas visuales que trasladan sus lenguajes a un medio poco habitual dentro de su práctica. Esta experimentación —como ocurre en toda obra relevante— da lugar a una compilación asertiva y potente, tanto en términos estéticos como políticos. Este libro, precisamente por resultado del encuentro entre artistas, se asemeja más a un montaje que a un argumento. Montaje como una técnica, proveniente de la práctica museística, y que el historiador y crítico de arte francés Georges Didi-Huberman, define como una técnica de lo discontinuo, pero a la vez de lo alegórico, como una manera de crear lazos, cual si fueran constelaciones en el cielo, donde no necesariamente existen. La propuesta de América, más allá de un tópico o un tema dado, ensaya una manera de producir un común a partir de las disposiciones, del entrecruzamiento, de las relaciones establecidas por la discontinuidad. El libro, en su materialidad misma, trabaja como si fuera una mampara, donde se van colgado, y por efecto uniendo, los distintos cuadros que definen el material; o, mejor aún, como si fuera un mapa, celeste o geológico, que señala el camino para andar.
Y hay, entonces, un principio, el principio de América, no solo como título, sino como referencia geográfica. No solo es la América hispana, la del hablante del español, o la América descendiente del latín, la latina. Es una América conformada con una variedad de lenguas, no solo las ibéricas, sino también las anglo y las francofonías, pero también las otras, las que están aquí, con toda su historia, con toda su memoria, las mayas, la nahuatl, que como referencias lejanas, como carne viva que se van presentando, acompañan y sostienen estos doce textos de ficción, de crónica, de entrevistas imaginadas, de poemas y cuentos. Suena entonces más a un América inventada, a La invención de América, recurriendo a un viejo texto (1958), pero muy presente hoy en día, de Edmundo O’Gorman. La invención de América es un concepto fundacional para nuestra modernidad situada y que actúa como un recordatoria, la más de las veces, de la necesidad de una crítica a la perspectiva eurocéntrica que construyó la narrativa de una superioridad epistémica blanca respecto a la inocencia nativa, como si los americanos –recién nombrados así, recién descubiertos así– fueran los sujetos de un proceso histórico que ellos mismo desconocían. Sin embargo, inventar América no solo tiene que ser la evidencia de una relación poder-saber, sino también se vislumbra como una oportunidad, una oportunidad creativa. Reconocer el carácter performativo de la palabra no es forzosamente repetir una historia hecha, sino también apropiarse un punto hueco para encontrarse un lugar. Hoy en día, decirse americano es reconocer que tenemos el derecho de inventar una identidad, a partir de los pasados y las memorias que reconocemos, como una actividad justa, como una actividad licita históricamente. Eso que somos, dirían muchos, debe ser una decisión consciente, y un trabajo de responsabilidad con uno mismo y con los y las otras, atendiendo siempre al cambio y a la crítica. Esto pasa con el texto «Carta a mi abuela Juana» de Marilyn Boror Bor, donde la narradora se re-inventa, deviene minoritaria, deviene india, como propondrían los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari, sin que ese mismo movimiento implique una exclusión o violencia respecto a las otras diferencias que también tienen su derecho
Por este tipo de afirmaciones fragmentarias, el libro es un ejercicio polifónico, en el significado más amplio que propondría el teórico ruso Mijaíl Bajtin. En sentido estricto, de muchas voces, pero no solo refiriéndose a las autorías que intervienen, sino como una variedad de registros discursivos que, a la manera de un carnaval, se van sobreponiendo y condensando bajo sus propios propósitos, bajo sus propios objetivos, a veces similares, a veces diferentes. Geográficamente es, pues, una multiplicidad determinada por muchos países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, México, Perú y Puerto Rico, pero también bajo una diversidad idiomática. Los textos de Asma (Matías Armendaris / Hanya Beliá), “GBtDftFTA or Going Back to Drawing For the First Time Again”, o el de Omar Castillo Alfaro, “Existen mangos en el mar”, exploran esa diversidad lingüística, brincando entre los diferentes idiomas de lo americano, radicalizando el monolingüismo, dejando claro que cada habla es un mundo, pero también haciendo explotar el logocentrismo que define la relación de significante y significado; esto es, como muchas veces pasa con la poesía, que entendemos sin entender por completo. Del mismo modo, en el libro, se recuerda que América es angloparlante, precisamente en el texto “Observed (April 23 – May 7, 2025)”, de Gabriela Salazar, donde la voz en primera persona revela una afirmación en el mundo que ve, piensa y asimila; o también que en el mundo americano el portugués se puede hablar como una lengua exiliada, urbanamente exiliada, como pasa con el texto “Time Exchanges” de Distruktur (Melissa Dullius / Gustavo Jahn).
Pero polifonía también en tanto una sobre determinación de distintos tiempos y epistemes, distintos momentos en que las formas de conocer, las preocupaciones y las sintaxis son diferentes entre sí, creando un lenguaje nutrido. Ejemplo de ello es el texto “Pícnic extraterrestre. De la Declaración de Bogotá a las Megacostelaciones”, de Calderón y Piñeros, que nos ubica en una discusión por venir: del derecho de las naciones, o no, del espacio, y su responsabilidad, del problema de la basura espacial y la acumulación de satélites. ¿Quién tiene derecho a determinar lo que vemos en el cielo nocturno? “Canalizando el afuera”, de Luis Enrique Zala-Koort, apuesta también por una relación entre tecnología y poesía, un tecnos lingüístico, no necesariamente virtual, sino más bien cabalístico, numérico, proponiendo una poesía como verdadero acontecimiento, inesperado, incalculable, como también hace “De la dificultad de separar las líneas horizontales y verticales que formaron un patrón de cuadros”, de Valentina Diaz, un juego de confusión entre el teatro y la poesía, entre el cuerpo y los sentidos, entre los números y las figuras, entre Kandinsky, Carlo Rovelli y Wikipedia.
Estas formas novedosas de la tecnología conviven también con memorias y corporalidades latentes, con historias de colonización y determinación patriarcal, como se deja ver en el texto “Coatlicue en cinco actos” de Vir Andres Hera, un espacio de encuentro teatral entre la historia, la feminidad y la blanquitud, tratando de hacer encontrarse problemas de distintos tiempos y geografías, que más allá de producir un afuera constitutivo, tienen la capacidad de dialogar, como se dialoga en una obra de teatro.
El libro termina con dos géneros discursivos más o menos conocidos, un cuento y el argumento para una película. En “Imago” de Carolina Fusilier, se desarrolla un espacio desconcertante desde una perspectiva alterada, donde se produce el cuerpo y sus sentidos, donde el laboratorio hace referencia también a un devenir, esta vez animal, pero no afirmativo, sino más bien esquizofrénico. Tan esquizofrénico como “Argumento para una película imposible”, de Daniel Monroy Cuevas, que imagina un filme como una sombra proyectada, en un mundo tal vez apocalíptico, tal vez final, donde incluso la cámara, como cualquier narrador, se oxida bajo el tiempo y la intemperie de un argumento inevitable, pesimista.
Heterogéneo es, entonces, lo que define America, como heterogénea es la geografía de este inventado continente, de este nuevo mundo. Como dice el texto “No todo lo que rasga el silencio es voz. La entidad del sonido y el origen en el objeto” de Diego Ventura Puac-Coyoc, <<el paisaje es nuestra historia. No es un elemento estético. Es una lucha constante>>. Una lucha, diría yo, entre voces y preocupaciones, entre tiempos y espacios, entre géneros, entre poesía y crónica, entre cuentos y guiones, entre memoria histórica e inteligencias artificiales. Es, como propone la editora del libro, Regina De Con Cossío, en el prólogo del mismo, el discurso que sostienen <<nuevos mundos>>.—Roberto Monroy Álvarez.
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Roberto Monroy Álvarez es Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y Profesor Investigador del Centro Interdisciplinario de Investigación en Humanidades- Universidad Autónoma del Estado de Morelos, México.