Estefanía García Pineda

Arista Visual e Investigadora

Estefanía García Pineda (Colombia, 1991)

Instalación, Video, Performance, Mediación, Escultura

Abril 2026

Volver a lo propio

¿La identidad se construye individualmente o en comunidad? Este concepto ha experimentado profundas transformaciones: de una concepción fija y esencialista, hemos transitado hacia una comprensión más compleja, marcada por la hibridación y el cambio. Hoy en día, ya no resulta ajeno pensar la identidad como algo dinámico, transitorio y configurado a partir de múltiples elementos.

En América Latina, estas discusiones adquieren una particular relevancia al estar profundamente atravesadas por procesos históricos de colonización y mestizaje. La idea del mestizaje permeó durante largo tiempo la construcción de las identidades nacionales en la región, funcionando como un eje articulador de los proyectos de Estado-nación. Dentro de este proceso, la identidad indígena se construyó muchas veces desde una mirada ajena y colonial: fue definida, limitada y jerarquizada según los intereses del Estado y de la élite dominante, invisibilizando su diversidad cultural, sus lenguas, prácticas y saberes.

Esto permitió la consolidación de un imaginario de identidad nacional asumido como fijo y homogéneo, sustentado en ideales de unidad basados en la lengua, el territorio y ciertas nociones compartidas de cultura. No obstante, estas construcciones dejaron al margen múltiples experiencias y formas de habitar la identidad.

En este marco, resulta pertinente abrir el diálogo con Estefanía García Pineda fundadora, junto a Edinson Quiñones Falla, de Popayork Residencias Artísticas —centro cultural creado en 2016 y enfocado en la región suroeste de Colombia—, que apuesta por procesos periféricos y territoriales que retoman, desde una perspectiva política, las culturas de los pueblos indígenas, así como de los trabajadores rurales. Asimismo, forma parte de Minga de Pensamiento, Prácticas De-coloniales, proyecto que indaga en procesos artísticos centrados en lo nativo, la cultura local y los grupos culturales afrodescendientes e indígenas.

Ivette Ortiz: A lo largo de tu trabajo ¿Qué papel juegan las vivencias y la memoria colectiva en la construcción de la identidad, particularmente en comunidades indígenas y rurales?

Estefania García: Voy a empezar compartiendo una imagen que construí hace mucho tiempo sobre la identidad, que precisamente fue para la Universidad Indígena Intercultural UAIIN CRIC. Nos colocaron como ejercicio abordar nuestras raíces y nuestra identidad. Entonces yo empecé a estudiar cómo había abordado la memoria y cómo habían constituido lo que soy yo como ser humano y como artista.

Para mí fueron importantes varios elementos. Uno es el lugar que dio origen a mi existencia, que es Montelíbano, Córdoba, en el norte de Colombia, donde no tengo raíces familiares, ni paternas ni maternas, pero nací allá porque mi papá estaba trabajando con una multinacional minera, muy extractiva. Mi madre: se enfermó mucho allá. Y por temas de conflicto armado terminamos migrando hacia Manizales. Este lugar marcó la primera parte de la formación identitaria de mi vida.

Luego vamos hacia la tierra de donde es mi madre. Mi madre es originaria de Caldas, del centro occidente colombiano y de allá son mis raíces Kimbaya.

Construí mi plan de vida más o menos en 2019, estaba trabajando de forma personal en la reconstrucción de mis raíces, mi indígena descendencia, en entender la memoria que tenía mi mamá, los rastros que conservaba: algunas palabras, algunos platos de comida, algunos remedios. Entender primero desde el lugar de donde nací, luego desde la memoria materna y habitar la tierra materna, y luego desplazarme a vivir al Cauca, al suroccidente colombiano, un lugar que frecuentaba desde niña y que terminé habitando de forma semipermanente desde hace 10 años.

En Cauca estaba el padre de mi hijo, que es indígena Nasa. Cuando lo conocí, comenzamos a trabajar con diferentes procesos, entre esos Minga Prácticas Decoloniales, lo cual nos implicaba trabajar con diferentes territorios: campesinos, indígenas y firmantes de paz.

Uno de los territorios es Kíte kiwe, quienes salen del Naya a causa de una masacre, y son reubicados mucho tiempo después en Timbío, Cauca. Ellos llegan a reasentarse a esta finca y comienzan su proceso de recuperación de identidad a partir del arte del mural, donde se dibujan saliendo del Naya, algunos de los asesinatos y todo lo que tenían allá: el territorio, las aguas, los animales y las personas saliendo con sus maletas. También dibujan su reasentamiento y lo que querían a futuro.

Foto: Cortesía de la artista.

IO: Me gustaría que nos hablaras sobre tu trabajo Minga y en Popayork. ¿Qué implica para ti trabajar desde un contexto local y territorial específico?

EG: Para nosotros, el Cauca es como cuna de la resistencia en Colombia, de la resistencia precisamente a ese embate colonial, ¿Quién no tiene o quién no tuvo una abuela campesina o indígena, por lo menos acá en Colombia? Yo creo que más del noventa y ocho por ciento de las personas.

Pero también están las comunidades campesinas resistiendo en diferentes puntos. Por ejemplo, tanto indígenas como campesinos hacen procesos de recuperación de tierra, de terratenientes de la caña de azúcar al norte del Cauca y sembrando comida. Entonces, traer a los residentes a habitar estos contextos es recordar precisamente sus orígenes y raíces. Y a la par, dejar la tarea de preguntar de dónde eran sus abuelos, sus bisabuelos, sus padres, porque nos interesa mucho trabajar precisamente en esa raíz y descubrir por qué su práctica es tan importante para ellos, ya que en muchas ciudades, por el capitalismo, se ha perdido.

Pero en Minga es trabajar todos para un propósito común. Entonces, ¿qué vamos a hacer en comunidad que nos beneficie a todos, que nos sirva a todos? Respetando, obviamente, que lo primero es el respeto por la tierra y el sostenimiento de la vida. Entonces, ¿qué vamos a hacer en colectivo, pero que contribuya al sostenimiento de la vida, de la tierra, de los otros? Algo también que ha sido importante en la residencia es la formación a formadores replicadores. Precisamente, llevarlos a estos contextos es que ellos, al ver el modo de funcionamiento de estos lugares, puedan llevarse una semilla sembrada y lo puedan replicar en su práctica, en las ciudades centrales sobre todo.

Hay personas que no nos visitan, pero nos ven por redes y replican procesos que nosotros hacemos, y eso está bien. Por ejemplo, en Occidente sería como: “Ay, usted me está plagiando porque está haciendo lo mismo que yo”. Nosotros no pensamos en eso para nada. Es una semilla fundamental de nuestros procesos: poder formar a otros para que repliquen. Y pensar en la simbiosis: yo qué le siembro al otro, pero el otro también qué deja en el territorio.

Entonces, por ejemplo, cuando llevamos a un artista a una comunidad, preguntamos a la comunidad qué necesita o qué puede pedirle al artista. O no necesitan nada de arte, pero necesitan que les ayuden a sembrar o a recolectar ciertas plantas. Entonces, ¿qué puede contribuir la persona que va a la estabilidad de esa comunidad? Sea una acción pequeña o sea una acción grande, depende de lo que necesite la comunidad. Hay que estar consciente del respeto por las formas culturales de los otros, que puede ser que sea de la misma cultura o no, pero siempre conscientes de ello.

IO: ¿Cómo se articulan las prácticas artísticas con los procesos de reconstrucción o resignificación de las identidades indígenas?

EG: Acá en Colombia hay muchos artistas que trabajan sus obras sobre sus procesos de vida, habitando y habiendo crecido en comunidades, pero con técnicas de afuera, otros que han crecido y permanecen en comunidades, que trabajan desde lo que enseñaron sus abuelos o abuelas, y es importantísimo. También quienes trabajan habiendo crecido en comunidad, pero poniendo una imagen crítica de lo que les tocó vivir.

Y es que la palabra arte no existe en las comunidades indígenas, y digamos que la palabra arte a veces es extraña, porque desde la concepción occidental tiene que ver con ser estético y no tener alguna funcionalidad.

Entonces, la identificación de las comunidades es más hacia lo que se llamó desde Occidente, para degradar sus prácticas un poco, hacia la “artesanía”. En las prácticas indígenas originarias, si se hace una creación, debe tener una funcionalidad en la vida cotidiana, espiritual o cultural del territorio, una función real.

IO: A partir del Salón Intercultural Internacional de Arte Indígena Manuel Quintín Lame, ¿Qué impactos o transformaciones has observado en las comunidades participantes?

EG: Yo siento que los artistas del Salón, muchos hacen obras con diferentes técnicas, sean de su comunidad o sean contemporáneas, desde fotografía, video hasta pintura al óleo, pero tratando procesos de sus comunidades. Mucho de lo que hay ahí no es solo que crean la obra y ya, sino que es una ventanita de todo lo que hacen en el territorio. Esos procesos creativos, cuando se llevan a cabo, tienen que ver con visitas a las personas de la comunidad, con procesos culturales, encuentros.

Muchas veces esa es la diferencia cuando uno se encuentra con muchas obras dentro de las ciudades, no con todas, porque también hay artistas dentro de las ciudades que son muy comprometidos con lo que hacen y entran muy a fondo en lo que están haciendo, investigando. Pero creo que es un común denominador en el salón: que simplemente es una ventanita para todo lo que hacen en su cotidianidad.

Ivette Ortiz: ¿Qué tensiones has identificado al trabajar con identidades que históricamente han sido definidas desde miradas externas, occidentales y coloniales?

Estefanía García: Yo siento que esas miradas externas que categorizan las identidades son muy fuertes, sobre todo al interior de los territorios indígenas, porque si uno habla con la mayoría de los jóvenes, entre ellos mismos se cuestionan si son realmente indígenas o no, por sus rasgos físicos, si habla bien o no la lengua, si practican los procesos espirituales, las ceremonias y los rituales.

Y yo creo que eso es terrible, porque precisamente ese cuestionamiento que viene de afuera hace que muchas personas sientan pena por decir que son de alguna comunidad o sientan vergüenza por sus raíces y prefieran irse hacia afuera, o se sientan más identificados con la ciudad y no estén seguros de su raíz.

Incluso es muy común en personas grandes y en territorios que uno diría que tienen los procesos culturales bien fortalecidos, también hay ese tipo de cuestionamientos. Doy un ejemplo de la comunidad quimbaya en Caldas, que está viviendo lo que vivieron otras comunidades el siglo pasado y que ya superaron.

En este momento, el simple hecho de tener que buscar un censo para que el Ministerio del Interior diga si es o no indígena es complicado, cuando aún existe lengua, prácticas culturales, el saber de la fundición a la cera perdida, del tejido en algodón. Y me parece complicado, sobre todo porque si no hay reconocimiento, no hay sostenimiento de esos procesos; es más difícil, porque no hay cercanía. Entonces sí es muy nocivo que se catalogue desde afuera.

Está muy de moda la «apropiación cultural», que yo siento que no en todos los contextos vale. Yo siento que sí vale cuando es una persona extranjera queriendo tomar un saber sin previa consulta y capitalizarlo. Y otra cosa es cuando una comunidad o personas de una comunidad están en recuperación y retorno a su origen.

IO: Al trabajar con los territorios ¿Qué caminos o posibilidades ves para seguir fortaleciendo la visibilización de diversas identidades en América Latina?

EG: Hay que empezar desde la academia, aunque sea un proceso occidental. Fue importante que se empezara a hablar de epistemologías del sur y de saberes decoloniales porque dio una apertura a lo urbano, a que miren la posibilidad de valorar lo propio, la sabiduría propia y no la ajena solamente.

Por decir, qué tan importante es mirar no el derecho occidental, sino el derecho propio de los pueblos, que se basa en la ley de la naturaleza y en cómo se sostiene la vida en determinado territorio. Entonces, si se mira desde el derecho propio y la ley natural, se puede hablar de interculturalidad. Pero yo no puedo decir, por ejemplo, que los nasa sean iguales: los pensamientos de los nasa del norte, del centro o del sur son muy diferentes.

Tiene que ver mucho con la naturaleza y la ley de origen de cada una de sus comunidades. Entonces, los saberes, tan sencillos que se ven pero en realidad tan profundos y tan sabios, como la medicina propia. Y yo creo que eso es importante: cómo vamos a seguir habitando este planeta, que es nuestra madre, sin dejar tanta huella. Volver a lo propio, a los saberes ancestrales de este continente.—Ivette Ortiz Ramos.

Bibliografía

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“OBRA”. s/f. art-plastica. Consultado el 7 de abril de 2026. https://estefaniagarciapin.wixsite.com/art-plastica