Rutas críticas del cuerpo en el arte latinoamericano

El cuerpo constituye un eje fundamental en la transformación del arte latinoamericano desde finales del siglo XX. La performance situó al cuerpo en el centro de la práctica artística, otorgándole la capacidad de encarnar conflictos sociales, interrogar identidades normativas y activar gestos críticos que inciden directamente en el espacio público; así, el cuerpo se afirmó como superficie donde se inscriben memorias colectivas, afectos sociales y conflictos estructurales, configurándose como una herramienta crítica fundamental para el arte contemporáneo en la región.

La década de los noventa consolidó un contexto institucional y de circulación que fue decisivo para la extensión y visibilidad de estas prácticas. Durante este periodo, diversos festivales y encuentros dedicados a la performance surgieron como plataformas estables que posibilitaron la regularización de presentaciones corporales en circuitos artísticos, la configuración de públicos especializados, la producción de reflexión teórica y la generación de archivo. Si bien la performance contaba ya con una trayectoria previa en América Latina, fue en estos espacios donde dichas prácticas adquirieron continuidad y una inscripción sostenida en el campo artístico, permitiendo que el cuerpo se afirmara como dispositivo crítico y archivo vivo de experiencias sociales y políticas.

En México, la apertura de X-Teresa Arte Alternativo en 1993 configuró un espacio dedicado a explorar estas transformaciones en el arte contemporáneo. Su papel fue institucionalizar la performance dentro de un recinto cultural, ofreciendo un laboratorio donde artistas y colectivos desbordaban los límites disciplinares. Los festivales organizados allí reunieron a figuras nacionales e internacionales y generaron un ecosistema de intercambio que visibilizó la performance en México. Intervenciones como La víbora que camina de Marcos Kurtycz, las acciones de César Martínez sobre Acteal y las exploraciones de corporalidades disidentes como Lorena Wolffer que mostraron que la piel podía operar como superficie de denuncia y archivo sensible. Además, el Centro de Documentación de X-Teresa subrayó la necesidad de preservar el cuerpo como registro histórico, consolidando la práctica en el ámbito institucional.

 

En Colombia, el Festival Internacional de Performance de Cali (1997) se convirtió en una plataforma donde la corporalidad se situó en el centro de reflexiones sobre memoria, violencia política y crítica institucional. Su papel se inscribió en el contexto del conflicto armado interno de las décadas de 1980 y 1990, marcado por el desplazamiento forzado y la presencia cotidiana de la violencia en el espacio social. En este marco, el festival activó el cuerpo como archivo encarnado de experiencias atravesadas por la guerra, propiciando formas de elaboración cultural del trauma. Las acciones realizadas situaron la corporalidad como lugar de experiencia y memoria, mientras colectivos como Helena Producciones desarrollaron estrategias experimentales que articularon cuerpo, territorio y política.

En Chile, los encuentros vinculados a la Escena de Avanzada —concepto acuñado por Nelly Richard para referirse a un grupo de artistas que, desde mediados de los setenta, usaron el cuerpo, el lenguaje y la transdisciplinariedad como herramientas de resistencia frente a la dictadura— y la Bienal de Valparaíso durante los noventa consolidaron el cuerpo como dispositivo de resistencia y memoria política. Su papel fue activar la memoria en el espacio urbano, resignificando calles y puertos como escenarios de confrontación. Acciones de artistas como Lotty Rosenfeld, Carlos Leppe y Diamela Eltit mostraron que la corporalidad podía convertirse en archivo vivo de la represión y la transición democrática, influyendo en la configuración posterior de encuentros performáticos en el país.

Elías Adasme, A Chile, 1979-1980. Cortesía: MNCARS (Imagen tomada de Artishock)

En Argentina, el Encuentro de Arte de Acción y Performance en Buenos Aires (1999–2000) inscribió la corporalidad en un contexto de crisis social y económica que antecedió al colapso institucional de 2001. Su realización coincidió con un periodo marcado por el desempleo, la precarización de la vida urbana y la erosión de la confianza en las estructuras políticas, condiciones que atravesaron directamente las acciones presentadas. El Encuentro funcionó como un espacio de articulación para prácticas performáticas que ya circulaban de manera dispersa, visibilizando el cuerpo como territorio de denuncia y resistencia frente a la inestabilidad económica y social. Las acciones de artistas y colectivos locales expusieron la vulnerabilidad material del cuerpo y su potencia crítica como herramienta de intervención pública, ampliando la genealogía del performance en la región desde una experiencia situada de fractura social.

Mutual Art gentina, Septiembre lúgubre. Foto: Fernando García Delgado

La persistencia de estas prácticas evidencia que el cuerpo en América Latina funciona como soporte artístico y herramienta crítica capaz de desafiar la naturalización de identidades, confrontar violencias históricas y activar procesos de memoria que desbordan las estructuras institucionales. La corporalidad organiza modos de conocimiento, articula sensibilidades y produce gestos que inciden en lo social más allá del ámbito estrictamente artístico. Los festivales X-Teresa y Cali, así como los encuentros en Chile y Argentina, demostraron que el cuerpo sostiene discursos complejos, elabora duelos colectivos, denuncia injusticias y ensaya nuevas formas de existencia. Su presencia en la performance responde a la necesidad de inscribir en el espacio público cuerpos históricamente invisibilizados, vulnerados o silenciados. 

En el panorama actual, la corporalidad sigue siendo un campo de exploración relevante dentro de la performance latinoamericana, aunque su centralidad se articula de manera diversa y situada según contextos, prácticas y problemáticas específicas. Las prácticas contemporáneas integran tecnologías digitales, metodologías comunitarias y exploraciones territoriales que amplían las formas de pensar la corporalidad. El cuerpo actúa como interfaz crítica entre experiencia individual y estructura social; como escena donde se manifiestan las transformaciones del presente y como superficie que registra posibilidades de futuro. Su importancia en la performance latinoamericana radica en la capacidad de asumir la fuerza de lo viviente, sostener el conflicto, activar la memoria y proponer modos alternativos de sensibilidad. En Latinoamérica, el cuerpo piensa, denuncia, resiste y configura mundos.Sofía Porras

Bibliografía

—Acosta, Daniel. “La performance desde la perspectiva latinoamericana.” En Performance. Arte de acción antibélica. Por la vida, Buenos Aires, 2003. Documents of 20th-Century Latin American and Latino Art: A Digital Archive and Publications Project. Houston: International Center for the Arts of the Americas, Museum of Fine Arts, Houston.

—Aravena, Cristian, Sol Henaro, Alejandra Moreno y Brian Smith. Arte acción en México. Registros y residuos. Ciudad de México: Museo Universitario Arte Contemporáneo, UNAM, 2019.

—Arcos Palma, Ricardo. “El performance en Colombia a finales del siglo XX. Apuntes sobre una investigación de una generación olvidada.” Reflector, ed. 2.0, julio de 2007. Documents of 20th-Century Latin American and Latino Art: A Digital Archive and Publications Project. Houston: International Center for the Arts of the Americas, Museum of Fine Arts, Houston.

—Cerén, Jaime. “Performance en la ciudad de Cali: un festival en acción.” Documents of 20th-Century Latin American and Latino Art: A Digital Archive and Publications Project. Houston: International Center for the Arts of the Americas, Museum of Fine Arts, Houston.

—»El arte de performance en Chile: la herencia de la Escena de Avanzada y la nueva generación – Sophie Halart – Observatorio Cultural». Observatorio Cultural. Consultado el 18 de diciembre de 2025. https://observatorio.cultura.gob.cl/index.php/2022/06/15/oc-9-articulo-2/.